La tormenta estalló cuando llegamos a casa. En el coche, casi al final del trayecto, el sonido del parabrisas limpiando las primeras gotas del cristal delantero era el único que rompía aquel silencio tan incómodo y espeso. Mis padres, como siempre al regreso de las vacaciones, no se dirigían la palabra. De hecho, llevaban días sin hacerlo. En su caso, un mes era demasiado tiempo para estar juntos. La casa necesitaba una limpieza a fondo. Aunque cualquiera hubiese sido válido, ése fue el motivo de la pelea. Los gritos se ahogaban entre los relámpagos. Y las palabras malsonantes, se difuminaban entre los truenos. Mi hermana y yo, asustados, encendimos la televisión. Fue el verano de 1985, el último que pasamos todos juntos.
lunes, 26 de octubre de 2009
domingo, 25 de octubre de 2009
La llave secreta
Fernando conserva las llaves de la piscina pública desde los tiempos en los que trabajaba allí de guarda de seguridad. Entonces, estaba casado y tenía una hija, Andrea, recién nacida. Ahora, cosas de la vida, ya no está casado, su hija tiene cuatro años y la ve quince días por el verano y un fin de semana de cada dos, pese a que tanto a él como a la niña les gustaría verse mucho más a menudo. Por las noches, cuando cierran las instalaciones, abre con su llave secreta, entra en el vestuario masculino, se quita la ropa y nada en la piscina grande durante, al menos, una hora. De un lado a otro, con el estilo de siempre, bajo el cielo nocturno que se vislumbra a través de la cristalera. Es el único momento de la jornada en el que hace caso de las recomendaciones del médico y en el que piensa que todo puede cambiar.
(Este texto fue leído por la escritora Soledad Puértolas en el programa La Ventana de verano, de la Cadena SER)
(Este texto fue leído por la escritora Soledad Puértolas en el programa La Ventana de verano, de la Cadena SER)
Madrid
Madrid es una ciudad luminosa, abierta, cosmopolita y muy acogedora. Muchos de mis mejores recuerdos están asociados a ella. Desde aquellos viajes, ya tan lejanos, de la infancia, con mis padres y mi hermana, en aquel Seat 127 blanco, donde conocí por pimera vez los lugares más destacados, hasta los viajes, ya de adulto, que me mostraron la libertad que se respira en las grandes ciudades. Esa misma libertad que siento cuando paseo por Nueva York. O, en menor escala, por Gijón. Dos de mis ciudades favoritas.
Hace dos semanas, con motivo de la celebración de nuestros cumpleaños y al igual que el año pasado, regresamos a la capital. Esta vez, debido al desmesurado precio de los aviones, lo hicimos en coche. Dos días intensos y muy bien aprovechados. Como nos quedamos sin entradas para ver la versión de Espert y Sardá de "La casa de Bernarda Alba", nos decantamos por "Sexos", estimable obra, con una Anabel Alonso en permanente estado de gracia. Anabel es una cómica genial, en la mejor tradición de las grandes cómicas de este país, que no necesita más que un escenario desnudo y un buen texto. Aunque el resto del reparto está espléndido también, el teatro se encendía con cada una de sus desternillantes apariciones.
Paseos por la ciudad, de día y de noche; visitas a las librerías, de nuevo y de viejo; o las obligadas citas de siempre, como esa copa en Chicote, cerca de la silla donde Ava se emborrachaba. Y ese momento, donde el tiempo se detuvo y que quedará en nuestra memoria: el domingo al mediodía, tomando una cerveza en una terraza de Malasaña y leyendo el periódico, acaso comentando alguna noticia o el artículo de Elvira Lindo sobre Polanski. Y es que, una vez más, en las cosas más sencillas está la verdadera esencia de la vida. Deberían enseñarnos esta lección mucho antes.
viernes, 23 de octubre de 2009
De libros y paraísos
Ayer, en la presentación del nuevo libro de José Luis García Martín, "Hotel Universo", se habló, entre otras cosas, de literatura, de viajes, de las pequeñas historias que esconden en su interior grandes historias, de la magia de las palabras, de la dificultad de atraparlas y de darles la forma deseada. También se evocó al paraíso, con aquella idea de Marcel Proust de que los auténticos paraísos son los que hemos perdido flotando -inevitablemente- sobre todas las demás ideas. Y del público, claro, también se mencionó al auténtico destinatario de las palabras de todo escritor. Hay un momento mágico, casi sagrado, cuando una persona entra en una librería, observa, curiosea, acaricia los libros, y, finalmente, escoge uno, ese libro, su libro, entre todos los demás libros, buenos y malos, y se lo lleva, ilusionada, debajo del brazo. Algunas personas, las más nerviosas, curiosas o impacientes, cuando salen por la puerta de la librería, sacan ya el libro de la bolsa y caminan, ensimismadas, hojeando las primeras palabras de ese tesoro recién adquirido. Me reconozco en esas personas. Ahí, sí, en ese instante, no hallamos paraíso superior. No cambiaríamos ese momento por ningún otro. Aunque, después, el libro nos decepcione: ese momento es único. Y será así, único, cada vez que volvamos a entrar en una librería y nos hagamos con un nuevo libro. Al público no se le engaña. El público decide. Para él, como decía García Martín, se escribe. Y el escritor inteligente lo sabe.
jueves, 22 de octubre de 2009
Cambio de sexo
Soho llegó a nuestra casa el primer sábado de agosto. Era una mañana fría y muy lluviosa, casi invernal. Era una bola de pelo de color canela, asustada, nerviosa, que cabía en la palma de la mano. Era, sin duda, el gato más guapo de la tienda. Y también, parecía, el más bueno. Junto a él, una gata enorme, que no era su madre, se celaba cuando nuestras miradas se dirigían a aquel gato que ya sabíamos nuestro. Nos lo metieron en una diminuta caja de cartón, que, ahora, dos meses más tarde, arrastra por toda la casa y mordisquea con deleite. Nada más situarlo en el salón, empezó, tímidamente, a inspeccionarlo todo: los libros, los discos, las películas, las velas, los periódicos... La timidez inicial dió paso a una desenvoltura absoluta: parecía que llevase toda la vida en nuestro pequeño apartamento. Nosotros, también enseguida, nos acostumbramos a él. Nunca rompió nada, ni cometió ninguna travesura de esas contra las que nos habían prevenido (si exceptuamos el hecho de que, de cuando en cuando, le encanta meter la patita en el cuenco de agua y dejar sus huellas por el suelo de toda la casa). Era un gato muy cariñoso, que venía detrás de mí nada más que ponía el pie en el suelo por las mañanas. Desde el primer momento, el nombre quedó claro: Soho. Iñigo, mi hermana y yo llegamos a ese acuerdo muy pronto. Era uno de los barrios de Nueva York que más nos había gustado. Soho, ven. Soho, no tires ese libro. Soho, a cepillarse. Soho, ahí no... Lo llevamos al veterinario, como es lógico, para sus primeras vacunas. Se portó bien. Lo llevamos una segunda vez. Y fue ahí, cuando al llamarlo por su nombre, Soho, dijo él, el veterinario, ¡cómo!, si no es un gato... es una gata, ¿no lo veis? Y sí, efectivamente, entre aquella frondosa mata de pelo, se podía ver claramente que lo que el veterinario decía era cierto. El gato se transformó, entre risas, en gata. Soho, en Francesca. Inicialmente, era Frances, por Frances Farmer, la bella y rebelde actriz americana, pero con el toque italiano, la gata respondía mucho mejor. Nunca se lo dije a nadie, pero yo siempre supe que aquel gato, por la complicidad que halló en mí, era una gata, como la de Tennesse Williams, la que ronronea y hace cosquillas a mis pies mientras escribo.
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