El plato favorito de mi madre era el pescado. Fresco, congelado, frito, guisado, a la plancha. Que estuviera bien hecho. Mi madre era exquisita al respecto. Mi madre era exquisita con todo. Yo manejaba bien eso. Las mañanas, a primera hora, en las pescaderías del Fontán o en las que hay por los alrededores de casa. El jolgorio, allí, de quienes madrugan mucho y tienen que llevar con alegría el asunto. Las recetas de las abuelas, que ella tenía en sus cuadernos. Yo me guío mejor por la memoria y la intuición. Los avisos por internet de que esto era mejor que lo otro. Algún apunte de última hora, alguna novedad, vamos a probar, mejor la receta clásica. Y así. Calidad, precio, olor, sabor. La maestría de aquellas chicas del Fontán cortando el pescado como lo solicitabas. Limpio, sin espinas, en rodajas, abierto por la mitad... Mi madre confiaba en mí.
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