jueves, 4 de diciembre de 2014

Una mujer excesiva

Hacía tiempo que tenía ganas de escribir sobre ella y ayer, cuando encontré una foto suya por los muros de la red social que habitualmente frecuento, decidí que había llegado el momento. La fascinación por los personajes que se salen de la norma, de lo establecido, no disminuye con los años, sino todo lo contrario. En esa foto, como casi todas las tardes, está sentada en uno de esos bancos rojos que hay situados delante de un centro comercial. Como la Colometa de la versión teatral de "La plaza del diamante" está sentada en ese banco donde rememora su vida, qué grande eres Lolita Flores. También es fácil encontrarla en alguna plaza cercana a la parte vieja de la ciudad, donde casi siempre hay turistas haciéndose fotos y manos inquietas intentando quitarle otra vez las gafas a la estatua de Woody Allen o tocándole el culo a la de Botero. Digámoslo claro: es una mujer excesiva. Tiene algo de clown -también el rastro de tristeza: al que se sobrepone, creo, con un sentido optimista de la existencia- y algo de esas mujeres que aparecen en las películas de posguerra, buscándose la vida como pueden. Con la cara muy pintada, ropas baratas (en invierno, predominan los abrigos de pieles y sobre ellos, los pañuelos y los broches que rara vez combinan apropiadamente con el resto del atuendo) que pretenden emular un inexistente pasado esplendoroso, bolsos de plástico, joyas de medio pelo (nada en contra de los bolsos de plástico ni de las joyas de medio pelo: el pop tiene que seguir viviendo) y un cabello rubio platino recargado de prendedores de alegres colores y castigado por los abusos del tinte, habla con quien se sienta a su lado -hombres mayores, generalmente- o mira a la gente que pasa. A veces, los mira -nos mira- convencida de que el gris nunca fue ni será su color. Su color es vivo -aquí desaparece, una vez más, acaso definitivamente, el rastro de tristeza- como el maquillaje que inunda sus mejillas, como los leotardos que cubren sus piernas en invierno, como los prendedores que se arremolinan en lo alto de su cabeza. ¿A qué se dedicará? ¿Cuál será su situación sentimental? ¿Sobre qué temas conversará con esos hombres que se sientan a su lado y la observan obnubilados como si estuviesen contemplando a la mismísima Marilyn Monroe? Son todo conjeturas, especulaciones, incógnitas. Las que me planteo cuando la veo, muy a menudo, por los alrededores de ese centro comercial que está cerca de nuestra casa y que no cierra nunca. Ni siquiera cuando la gente vuelve a casa por Navidad, si es que la gente aún puede seguir permitiéndose eso de volver a casa por Navidad o cuando sea.
Nunca la he visto borracha, ni con un cigarrillo entre los dedos. Los años, eso sí, le han puesto encima kilos y una manera de andar un tanto complicada (no apea, pese a todo, los tacones), acentuada -quizá- por alguna enfermedad reumática o algo así. Muchas veces tengo la sensación de que camina como si una cámara la estuviese enfocando, como si todos los ojos se posasen sobre ella, como si esperase un aplauso. No creo que me equivoque si digo que muy probablemente soñó (sueña) con ser actriz o cantante o ambas cosas. O tal vez sólo sean imaginaciones mías y lo único que quiere es ir por la vida como le da la real gana. Que eso -junto a sus excesos- es lo que más me fascina de ella. No me cabe la menor duda de que Diane Arbus hubiese sacado su cámara fotográfica para retratarla. Diane se hubiese hecho estos mismos planteamientos y todos ellos hubiesen quedado magistralmente captados por aquella cámara que retrató a tantas mujeres como ella: extravagantes, fuera de lo establecido. Y al verlos, los planteamientos, en la fotografía, no hubiese quedado lugar a la duda de la genialidad que se esconde (o se muestra descaradamente) en algunas mujeres excesivas. No importa -ah, la suerte- que no hayan llegado a ser estrellas rutilantes o personajes televisivos.
Más cerca de Fellini que de Woody Allen, de Divine que de Marilyn, del primer Almodóvar que del último, me voy alejando de ella (nunca parece tener prisa por irse para casa), de ese banco donde está sentada (como la Colometa teatral o la Penélope de Serrat, siempre vestida de domingo), donde parece feliz, soñando o imaginando que a la vuelta de la esquina, de cualquier esquina, puede suceder el milagro.

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